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Comunicación audiovisual, Ciberfeminismo y TIC para el desarrollo | Marta García Terán

Un lugar llamado Za´atari

Hace poco más de dos años tuve la oportunidad de conocer el campamento Za´atari en Jordania, un campamento de personas refugiadas procedentes de Siria, migrantes forzados por una guerra que a día de hoy continúa.

Este post escrito la misma noche tras la visita, palabras tecleadas de forma terapeútica para poder asimilar lo mirado y escuchado, nunca fue publicado y ahora que lo encuentro siento que dice cosas de mi yo en 2017 que dialogan con mi yo en 2019, una yo diferente, con más vida vivida, con más dolor y alegría entre la paleta de los sentimientos de mi alma. Una revisión necesaria para seguir contándome a mi misma las experiencias que me hacen ser quien soy.

Por eso me decido a publicarlo hoy aquí, porque este post escrito a 12,000 km de distancia de donde ahora me encuentro sigue estando dentro de mi misma. Pasen y lean:

Un lugar llamado Za´atari

Por Marta García Terán

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Un bus idéntico al nuestro pasa en sentido contrario. Rostros de niños (sólo veo varones) no mayores de cinco años asoman por las ventanas con sonrisas y curiosidad. Al otro lado niñas y niños juegan alegres en un patio improvisado tras un cerco elevado con corona de espinas. Primer vuelco al corazón.

El árido paisaje y los colores pálidos de los barracones casi impiden ver las enormes dimensiones del campamento para personas refugiadas de Za´atari, a unos 76 kilómetros de Amann, capital de Jordania. Es la primera vez que veo de verdad un campamento así (no por televisión, ni a través de fotografías), respuesta humanitaria en primera línea. Estoy impactada por la inmensidad. Porque no hay un solo árbol. También me impacta la normalidad que se respira entre una gama de colores que van del blanco al ocre, pasando por el amarillo.

Tras el control de seguridad, permiten que nuestro bus entre en el campamento. Así accedemos a la zona en la que diferentes organismos internacionales tienen sus oficinas. Los logos se amontonan en varios barracones la mayoría de color blanco. Uno se destaca por los murales coloridos y definitivamente, por el color rojo que como un faro nos dice a dónde dirigirnos. Es el barracón de la oficina de Save the Children en el que colegas nos están esperando para mostrarnos nuestro trabajo en el ámbito de seguridad alimentaria y desarrollo de la primera infancia. “Tras esta puerta está el mejor equipo del mundo” anuncia un cartel.

Una ciudad de 80,000 personas

Esta ciudad improvisada tiene más de 80,000 residentes. Nos cuentan que en 2012 cuando se abrió, llegaron a las 120,000 personas. No puedo siquiera imaginar los retos enormes a todos los niveles que Jordania ha tenido que hacer frente para acoger a cientos de miles de ciudadanas y ciudadanos sirios en los últimos años, la respuesta de organizaciones como Save the Children, de mis colegas en terreno. Más tarde me entero de que son muchos más los que están fuera de campamentos en asentamientos y otros centros de acogida, pero a quienes tengo hoy delante son a mujeres, niñas y niños, hombres que en la mayoría de los casos llevan viviendo años en los barracones que dejamos atrás a medida que el bus avanza por las calles amarillas y ocres de polvo y piedras del campamento de Za´atari.

Intento ponerme en los zapatos de estas  personas. Intento imaginar a un país en guerra, la necesidad de sobrevivir. Lo más cerca que tengo en mi memoria a algo que se le parezca, son las historias de mis abuelas y sus hermanas sobre cómo la Guerra Civil Española atravesó su adolescencia y juventud. De eso hace ya más de 80 años. De Nicaragua he escuchado testimonios de hace poco más de 30, pero no los llevo marcados en mi ADN de la misma forma.

Pienso en salir corriendo con lo que puedas, con una mano adelante y otra detrás, pero con vida. Yo no he vivido algo así. Soy afortunada en un mundo en guerra permanente. Nunca he pisado territorio con un conflicto armado del calibre de la guerra en Siria. Nunca he tenido que salir corriendo dejando todo atrás. Sin embargo ver paredes adornadas con murales y entradas de barracón decoradas con plantas y  pintadas de colores vivos me estremece porque entiendo lo que es apropiarse del lugar en el que te toca vivir, hacerlo tuyo porque te guste o no es el sitio en el que habitas.

Una guerra que no termina

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Así es Za´atari compuesto por miles de personas que hace 6 años tenían una vida típica de casa al trabajo o a la escuela, preocupadas por la canasta básica, por cómo termina la novela que están viendo o leyendo o siguiendo los partidos de su deporte favorito. De un día para otro eso se esfuma. Hay personas que quieres, que mueren bajo las bombas, y tienes que salir corriendo acarreando a tu bebé o a tu madre. Y de repente, 5 años después estás viendo como un autobús cargado de personal de Save the Children que trabaja en lugares tan dispares como Nueva York, Lima, Londres, Ciudad de Panamá, Oslo o Managua llega a ver cómo es tu vida.

Las lágrimas corren por mi rostro con tan sólo ver las carpas blancas en las que varias bancas vacías ubicadas a los lados, hace apenas un par de horas, permitían esperar a cientos de personas por su ración diaria de pan. “4 piezas por persona”, nos explica uno de los colegas encargados de la logística de la entrega de este alimento básico.

La logística se mide al milímetro

Con el programa de seguridad alimentaria que impulsa Save the Children con apoyo del Programa Mundial de Alimentos se reparten al mes 514 toneladas de pan para más de 18,000 núcleos familiares. “Si en una familia son 5 personas, le damos 20 piezas de pan” nos continua explicando mientras muestra cada detalle de la cadena logística que comienza desde el registro de la persona en el campamento, en el que se le asigna un número de identificación, sigue con las cartillas en las que aparece cada miembro de la familia foto y huella dactilar incluidas, y finaliza con un pequeño cupón que se reparte quincenalmente en el que aparecen las piezas de pan correspondientes al portador, y troquelado el día de la semana en que lo ocupado para recibirlas.

El barracón en el que se hace este proceso está segregado por sexo, a un lado las ventanillas para hombres, atendidas por hombres, y a otro las de las mujeres, obviamente atendidas por mujeres. El siguiente paso es la carpa con las bancas y de ahí al reparto del pan en un tercer espacio que ahora está desolado y por ello parece algo tétrico.

La logística se mide al milímetro. Eso queda cuando el drama humano te sobrepasa. La eficiencia hace que las malas situaciones sean menos malas. Saber esto no me hace sentir mejor, qué remedio. También nos explican que a cada persona que ingresa al campamento se le abre una cuenta en la que mes a mes le depositan 20 dinares, menos de 30 dólares americanos, que en un principio no pueden ocupar, pero que más adelante les sirven para efectuar compras en las tiendas dentro del campamento.

28 dólares al mes. En mitad de un campo yermo, viviendo en barracones y transitando entre carpas. Siento el polvo en mis pulmones y el sol que golpea mi rostro, no calienta porque es invierno. 28 dólares. De nuevo mis emociones afloran en lágrimas entre la tristeza y la impotencia. “Piensa en lo efectivo de la logística” me dice una colega también con lágrimas en los ojos. Es lo que nos queda.

De nuevo subimos al bus y atravesamos el campamento viendo a hombres andar en bicicleta, niñas y niños que van de algún sitio a alguna parte, mujeres con velos arreglados de forma distinta algunos coloridos y otros oscuros, y comercios medio improvisados en los que venden desde ropa hasta útiles para el hogar.

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Un lugar llamado hogar

Hogar. Un nuevo vuelco al corazón. ¿Se puede llamar hogar a un sitio así? La respuesta la tiene una de las colegas encargadas del centro de lactancia materna promovido por Save the Children con apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia UNICEF. Ella, inspiradora, habla con pasión sobre el trabajo relacionado con cambio de comportamientos alrededor de las prácticas de alimentación a niñas y niños menores de 2 años dentro de los límites del campamento. La lactancia materna parece cosa sólo de mujeres en puerperio, pero no lo es.

Nos cuentan que además de trabajar con las mamás sobre cómo dar lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses del bebé, también trabajan con el entorno familiar para evitar que la presión social termine con la costo-efectividad de dar el pecho a las y los recién nacidos. No sólo los citan en el centro, sino que a diario hacen visitas casa a casa en las que controlan a madres y a niñas y niños, dan consejos y resuelven situaciones de forma práctica. Nos enseñan las tacitas y sacaleches que entregan a cada familia, además de las mantas de color rosa para propiciar la lactancia materna de forma que las mamás no muestren su cuerpo, algo que culturalmente no está permitido.

“Las mantas son un éxito” nos cuenta sonriendo, “a las mamás les encanta que sean rosas, quisimos cambiarle el color y no nos dejaron. Cuando las niñas y niños pasan de los 2 años en general las reutilizan cosiendo vestidos y camisas para sus hijas e hijos”. Resiliencia es la palabra que se me viene a la mente.

Entre las cosas que nos comenta es que cuando habla con las personas que viven en el campamento sobre la posibilidad de volver a Siria, ellas y ellos lo tienen claro. “Para qué voy a volver si allí no tengo nada, aquí tengo un sitio en el que vivir, trabajo, mis hijas e hijos van a la escuela gracias a Save the Children” eso responden. Hogar es el lugar en el que habitas y compartes con tu familia, el sitio en el que vives. Za´atari como el hogar de más de 80,000 personas. Efectivamente es posible llamar hogar a un lugar así.

Trabajo con pasión

Es ahora que mis lágrimas amargas empiezan a endulzar. Toda situación terrible tiene un lado amable, y el de las personas refugiadas en Jordania puede ser este, la pasión con la que cientos de mujeres y hombres trabajan en nombre de Save the Children para asegurar que miles de personas cuenten con un lugar seguro en el que vivir, para que miles de bebés reciban leche materna en lugar de sucedáneos y que miles de niñas y niños tengan pan que comer, y un lugar seguro en el que aprender jugando mientras sus padres y madres aprenden también que la crianza con ternura es posible. El mejor equipo del mundo, definitivamente, cambia la vida de miles de personas en el campamento de Za´atari.

Nos hablan de los datos de desnutrición. Sólo 100 bebés. Un éxito del programa, la mayoría de madres dan el pecho a sus hijas e hijos. Hay preocupación, porque el proyecto termina en unas semanas y UNICEF se retira. Si no se consiguen fondos, efectivamente la desnutrición tendrá un repunte. También los casos de anemia e incluso la violencia y el abuso sexual. “Diario visitamos a las familias en sus casas, si algo le ocurre a una niña o un niño, nos damos cuenta. Si dejamos de hacerlo puede haber un repunte de la violencia”. Urgencia en sus palabras.

Podemos interactuar un momento con madres que llegan a la sala de lactancia. No hablo árabe, así que pido ayuda a una de mis colegas de Save the Children Jordania para que nos ayude a traducir. Comienzo a hablar con una madre que sostiene a su rollizo bebé de 10 meses, no sólo es la ropa de abrigo, sino darle pecho lo que tiene a Abdul lozano. Nos explica que tiene tres hijas más, dos de ellas nacieron en Siria (la mayor tiene 8 años) y los demás, en el campamento Za´atari. Su familia son sus hijas e hijos y una adolescente de no más de 15 años que está sentada a su lado. No nos explican por qué están juntas, pero queda implícita una alianza entre mujeres en tiempos difíciles. Más resiliencia. Todo este espacio lo es, una sala de lactancia materna dominada por mujeres madres y abuelas que mecen a bebés que nos observan curiosos y nos sonríen.

Desarrollo infantil temprano

Visitamos también uno de los centros de desarrollo infantil temprano en el que podemos ver cómo personal de Save the Children junto con mujeres sirias que en calidad de voluntarias trabajan para que por 2 horas y media, niñas y niños de hasta cuatro años puedan jugar aprendiendo. Estas voluntarias reciben un estipendio que seguro les ayuda a sobrellevar los 20 dinares mensuales.

Vemos como pintan flores amarillas con los dedos porque amarillo es el color imperante, incluso en las flores. Vemos como montan ladrillos de juguete o hacen una hora del té improvisada con tacitas y teteras de plástico. Nos miran con los ojos abiertos cuando les saludamos con un Salam (hola) y al irnos con un Sukran (gracias). También nos sonríen cuando se acostumbran a nuestra presencia y nos invitan a tomar el té imaginario que humea en nuestra mente, recién servido en las tacitas de plástico.

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Prácticas de crianza positivas

Los juegos que adornan las paredes son hechos a mano. Nos explican que los hacen de modelo y que después durante 8 horas a la semana para mujeres y 4 para hombres, los replican con mamás y papás, para que aprendan a hacer juguetes pedagógicos con materiales de su entorno. Esta práctica no sólo refuerza una crianza activa, sino que promueve la protección de niñas y niños generando relaciones estrechas de afecto a lo interno de la familia. Más resiliencia.

De nuevo me emociono y mis lágrimas brotan porque los cambios, aunque pequeños, son posibles. Porque mis colegas hacen un increíble trabajo que sí tiene un impacto positivo en niñas y niños, porque se están cambiando actitudes y comportamientos en las familias, porque la gente agradece el apoyo y los espacios de seguridad creados, porque poco a poco sanan las heridas de una guerra que continua y que los arrancó de sus casas y sus vidas. Lloro y mi colega, quien me explica cómo preparan las sesiones de manualidades, pone una mano en mi espalda y me dice que durante su primera semana allí también lloraba de tristeza y de impotencia, pero que ahora es capaz de sobrellevarlo porque ve que realmente está marcando la diferencia.

Resiliencia también en el equipo de Save the Children, en las voluntarias. En las sonrisas de las niñas y niños que nos ven pasar y nos preguntan nuestros nombres. Resiliencia en la ofrenda de café y té que nos llega de un barracón cercano en el que una familia agradece el apoyo de Save the Children con lo que tienen. El mejor equipo del mundo definitivamente el de Save the Children que permite que mis lágrimas agridulces me conviertan también en resiliente, mutando mis sentimientos del ocre y amarillo que nos rodea al rojo vivo con el que afirmo mi compromiso con los derechos de las y los bebés que me miraban con asombro, de las niñas y niños que se despiden moviendo la mano mientras se aleja mi autobús, de hasta la última niña y niño en Siria, en Jordania, en Nicaragua y en el mundo.

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